Odio los conflictos y las confrontaciones. Me generan mucha ansiedad e inseguridad. Sin embargo, sé que son necesarios a veces. Es más, si están bien gestionados pueden llegar a ser muy constructivos.

Creo que esto vale en todos los ámbitos de nuestras vidas, tanto personales como profesionales. De hecho, desde el punto de vista laboral, resulta fundamental para cualquier líder saber confrontar a los miembros de su equipo correctamente cuando la situación lo requiere.

No obstante, muchos no lo hacen. Y es que —en algunas organizaciones, no todas es verdad— nos hemos ido al otro extremo. El mensaje según el que los empleados son el activo más valioso de las compañías ha cogido tanta fuerza que se ha vuelto peligroso. Peligroso porque se ha malinterpretado.

Cuidar de la gente y tratarla de la mejor manera posible es imprescindible. Aceptar el error también. De esto no hay duda. Pero una cosa es respetar o tener empatía, y otra es despreocuparse y dejar pasar lo que sea…

Evitar plantear problemas y esperar a que las cosas se arreglen solas es nefasto. Lo más probable es que la situación empeore, sencillamente. Pasa lo mismo con la educación, en mi opinión. Demostrar amor incondicional y poner límites es posible. Indispensable diría yo, pero esto es otro tema…

Entonces, ¿cuál es la mejor forma de confrontar a alguien?

Según el autor, coach y conferencista John C. Maxwell, existen unas pautas que podemos seguir y que, aunque no sean fáciles ni milagrosas, nos pueden ayudar a conseguir un resultado óptimo.

Antes de nada, el experto nos recomienda ponernos en la piel de nuestro interlocutor porque, tal como lo comenté en otro post, no todos entendemos y valoramos las diferentes demostraciones que recibimos de la misma forma.

Luego, nos anima a reconsiderar la naturaleza de la conversación que estamos a punto de tener. Mejor que confrontación, las palabras “clarificación” o “aclaración” permiten ver el encuentro desde una perspectiva positiva. No se trata de minimizar la importancia del tema a abordar, sino de elegir las palabras más favorables a la resolución de nuestro problema.

Para terminar, nos expone las diez reglas que son, según él, inevitables a la hora de confrontar a algún colaborador:

  • Llevar el encuentro en privado.
  • Hacerlo lo antes posible.
  • Limitarse al tema problemático.
  • Decir las cosas una vez. No repetirse ni machacar.
  • Focalizarse en lo que se puede cambiar.
  • Evitar el sarcasmo (especialmente por escrito).
  • Evitar las palabras como “siempre” y “nunca” porque pocas veces son acertadas.
  • Hacer preguntas y ofrecer sugerencias.
  • No disculparse por el encuentro.
  • Destacar las aportaciones positivas de la persona.

En cualquier tipo de comunicación, el fondo es —desde luego— fundamental. Pero la forma también. La forma es lo que condiciona la manera en la que nuestro mensaje llega a su destinatario. Tiene el poder de cambiar la percepción que tenga nuestro interlocutor.

Esto significa que si la confrontación, o clarificación, se maneja con cuidado, la mayoría de la gente estará bastante abierta a cambios y mejoras. No nos garantiza que todo el mundo responda de manera constructiva, pero lo facilita.

Y de esto se trata, ¿verdad? De sacar lo mejor de cada uno de los miembros del equipo…

Pregunta de auto-reflexión: ¿Cómo suelo liderar las confrontaciones con los miembros de mi equipo? ¿Suelo respetar las diez reglas?


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