No he fracasado. Simplemente he encontrado 10.000 formas que no funcionan.

La mayor parte de nosotros conoce esta frase de Thomas Edison y la usa para hacer la apología del fracaso como elemento imprescindible para la innovación.

El propósito de este post no es rechazar esta teoría, sino matizarla… Queda demostrado que la aceptación del fallo es un requisito necesario para poder generar ideas nuevas e implementarlas con éxito. Equivocarte significa, para empezar, que lo has intentado. Has hecho algo y esto es lo más importante. Mi marido se quedó con una frase que el padre de un amigo escocés le repetía a menudo y que aplica perfectamente en este contexto:

Starting is a way to go on…

“Empezar es una manera de continuar” en castellano.

Y una vez has dado el paso, debes mantenerte firme y perseverar. Tal como lo decía en mi penúltimo post: “Soñar no es suficiente. Para innovar, hay que arremangarse, experimentar y probar, a menudo durante mucho tiempo. Esto implica aceptar el fracaso y tener la valentía de intentarlo de nuevo.”

Sin embargo, no todos los errores valen…

Pues claro que no. Existen muchos tipos de fracasos y no todos son constructivos. Siguiendo esta idea, el profesor Jamer Hunt nos propone una clasificación que nos permite diferenciar los buenos de los malos y hablar de la importancia del fallo en procesos innovadores con fundamento.

  • Fallo despreciable.

Este es el más oscuro. Hablando con total claridad: da asco. Las marcas que han conocido este tipo de fracaso no siempre se han recuperado del todo. Sus consecuencias son muy graves: las víctimas pierden sus trabajos, sus ahorros, hasta la vida en el peor de los casos. Un buen ejemplo sería el desastre ecológico provocado por BP en el Golfo de México.

  • Fallo estructural.

Es profundo y muy negativo, pero no paraliza las empresas por completo. El Windows Vista por ejemplo.

  • Fallo glorioso.

Fallo muy llamativo pero hermoso, catastrófico pero estimulante. El equipo de bobsleigh de Jamaica es una buena ilustración: su fracaso fue tremendo pero la iniciativa gustó y suscitó cariño y admiración.

  • Fallo corriente.

Todas estas pequeñas “meteduras de pata” cotidianas que son casi insignificantes o tienen consecuencias muy leves: dejar que se queme el pollo, llegar tarde a una cita, perder las llaves del coche, etc.

  • Fallo de versión.

Fallos que conducen a mejoras graduales pero significativas en el tiempo. El objeto en sí es un fracaso, pero sirve de base a algo exitoso. La evolución es la clave. El sistema operativo Linux por ejemplo.

  • Fallo previsto.

Fallos conocidos y expuestos voluntariamente con el objetivo de definir cómo acabar con ellos. Los prototipos sirven para esto: tener una base que, gracias a sus imperfecciones, nos permite ver y aprender cómo mejorar el producto final.

Con esta clasificación detallada, podemos ahora distinguir los fallos que son esenciales en los procesos de innovación (fallo de versión y fallo previsto) de los otros tipos poco constructivos. El viejo adagio es correcto: “aprendemos del fracaso”, y no hay duda de que nos transforma de una manera que, al fin y al cabo, puede ser beneficiosa. Pero esto no significa que todos los fracasos se merezcan una ovación.

Lo bueno de estar equivocado

Para terminar, os dejo este vídeo del TED Talk que la «equivocadologista» y autor Kathryn Schulz hizo en 2011 y en el que destaca nuestra incapacidad – o gran dificultad – como seres humanos para contemplar, entender y finalmente reconocer que – a lo mejor – nos estamos equivocando. Y es que nos han educado así en un mundo donde el error es inevitable y sus consecuencias a menudo – no siempre como lo he dicho antes – son valiosas. Una charla muy convincente, a disfrutar y meditar…

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