Un comité que se decía las cosas en el pasillo, no en la sala.
Se «acordaban» decisiones que luego nadie ejecutaba, porque nadie decía lo que pensaba delante del de arriba.
Sacar la primera decisión atascada fue incómodo —un silencio largo, un director que se lo tomó a mal—. No se resolvió en un día: costó tres jornadas y alguna conversación a solas.
Discuten en la reunión, no después. No todos por igual, y lo saben. El CEO lo resume: «ahora las malas noticias me llegan a tiempo».




