Decidir a solassale caro.
Contrasta tus decisiones con otros directivos, descubre lo que no estás viendo y actúa con mayor claridad.
La Mesa reúne a un grupo reducido de directivos que no trabajan para ti, no compiten contigo y no necesitan darte la razón. Nadie de esa mesa tiene nada en juego en lo que decidas, y por eso te dicen lo que ven.
No necesitas más opiniones. Necesitas mejor contraste.
Tu equipo tiene contexto, pero no siempre libertad para cuestionarte. Tu entorno tiene confianza, pero no siempre criterio. Y quien está por encima de ti tiene criterio, pero también te evalúa.
No es un problema de altura. Da igual que dirijas un equipo de seis o una organización de seiscientas: todos los que podrías preguntar tienen algo en juego en lo que decidas. Eso no es soledad, es falta de contraste.
El Club desarrolla tu capacidad de liderar; la Mesa la pone a trabajar sobre decisiones reales. No es un curso, ni una tertulia, ni una red de contactos: son ocho mesas de entre ocho y doce personas con una responsabilidad comparable a la tuya. La tuya se reúne dos veces al mes durante todo el año, siempre con las mismas caras, porque la confianza no se improvisa en una jornada suelta.
Lo que se trabaja no son casos de escuela. Es tu equipo, tu reorganización, la persona a la que llevas meses sin decirle lo que hay que decirle. Con nombres y con fechas, bajo confidencialidad contractual desde el primer día.
No pagas por acceder a más cosas.
Pagas por que te esperen.

Primero preguntamos. Después, si aporta, opinamos.
Noventa minutos con un método estricto. Presentas el caso y la mesa pregunta, cuestiona y abre perspectivas que no habías considerado. Aquí no gana quien habla más ni quien responde más rápido: casi siempre, al terminar la primera ronda de preguntas, el caso ya no es el que traías.

Expones
Pones encima un caso real, con nombres y con una decisión pendiente: la situación, el contexto y lo que tienes que resolver.
Contrastamos
Sólo preguntas, ningún consejo. Preguntas que separan los hechos de las suposiciones, sacan lo que estás evitando y anticipan las consecuencias de cada alternativa.
Decides
La mesa no decide por ti. Te enseña lo que no estabas viendo, y decides tú, que eres quien va a responder de ello.
Actúas
Sales con un compromiso escrito, con fecha y con nombre. En la sesión siguiente, la mesa te pregunta qué hiciste.
No venimos a decirte qué hacer.
Venimos a evitar que decidas sin ver.
Trae una decisión real. No vienes a hablar de liderazgo.
Una buena mesa no te devuelve aprobación: te devuelve una imagen más completa de la situación y de tu manera de afrontarla. Es la única mesa que es un espejo. Esto es lo que se pone encima:
Una conversación que sigues aplazando
Sabes que tienes que tenerla y todavía no encuentras la manera de abrirla.
Una persona sobre la que tienes dudas
Incorporar, promocionar, recolocar o dejar marchar a alguien cuando ninguna opción es sencilla.
Un conflicto que empieza a crecer
Todavía cabe dentro de una conversación. Dentro de tres meses ya no cabrá.
Una decisión que no puedes compartir con tu equipo
Les afecta de lleno, así que no puedes pensarla en voz alta delante de ellos.
Dieciocho sesiones. No esperes a que el problema decida por ti.
Las mesas no van por promociones: van todo el año, dos veces al mes, de septiembre a agosto. Puedes incorporarte en cualquier momento y traer aquello que más necesita tu atención. Cada sesión convierte una preocupación en un próximo paso.
Cada punto es una sesión de noventa minutos. Tu mesa fija su franja con su anfitrión y la mantiene todo el año. Diciembre, abril y agosto no son huecos de calendario: son las tres pausas que parten el curso en tres procesos de tres meses. Están ahí para reflexionar y asentar lo decidido antes de abrir el proceso siguiente.
Entras cuando hay sitio
No hay fecha de matrícula ni lista de espera anual. Si una mesa tiene hueco y encajas, entras el mes que viene.
De ocho a doce
Ninguna mesa arranca con menos de ocho ni crece por encima de doce. Por debajo no hay masa crítica; por encima, no da tiempo a que hablen todos.
La mesa decide
Para incorporar a alguien nuevo hace falta el acuerdo de la mayoría de la mesa. Quien ya está dentro decide con quién se sienta.
Aquí no sale nada. Por eso aquí se puede hablar.
La confidencialidad no es una norma: es lo que permite poner encima lo que de verdad importa. Sin proteger tu cargo, sin defender tu imagen y sin tener que aparentar que ya conoces la respuesta. Sin ella gestionamos nuestra imagen, y quien gestiona su imagen presenta una versión editada del problema. Una versión editada sólo puede producir respuestas superficiales.
El acta
Lo que se dice en cada sesión queda recogido para quienes estaban en la sala y para su anfitrión. No se publica, no se comparte y no se anonimiza: anonimizar no basta, porque un caso sin nombre sigue siendo reconocible para quien estaba en la sala.
La bitácora
La escribes tú sobre tu propio reto: qué trajiste, qué decidiste, qué pasó después. No contiene nada de nadie más, así que puedes enseñarla a quien te paga la plaza cuando te pida justificar la inversión.
El distintivo
Al terminar el curso recibes un distintivo digital que acredita práctica sostenida —no competencia— y que caduca. Esa caducidad es la gracia: señala que practicas ahora, no que hiciste algo hace seis años.
La Mesa no es para todos. Es para quien viene a dejarse cuestionar.
Aquí no importa parecer quien más sabe. No hay botón de compra, y no es una pose: una mesa funciona si todos encajan, y por eso quien ya está dentro decide. Hay conversación antes, y a veces la respuesta es «este no es tu momento».
Solicitas tu sitio
Cuentas quién eres, qué dilema traes y qué margen de decisión tienes.
Conversamos
Treinta o cuarenta minutos con Pere Rosales. Esa conversación es, de hecho, el primer acto del programa.
Encajas con una mesa
Buscamos la mesa con hueco donde encajes por peso de decisión, no por cargo: sin dos personas de la misma empresa ni competidores directos sentados juntos.
La mesa te acepta
La incorporación la aprueba la mayoría de la mesa. Si ninguna tiene hueco, esperas a que lo haya: las mesas no crecen por encima de doce.
La Mesa es para ti si…
- Diriges al menos un equipo y respondes de sus resultados.
- Tienes capacidad real de decisión sobre lo que traes: está en tu mano moverlo.
- Vienes con casos propios, y vienes a traerlos, no sólo a escuchar.
- Puedes cuestionar tus propias certezas.
- Buscas criterio, no validación.
- Ofreces a los demás la misma honestidad que esperas recibir.
- Asumes la confidencialidad contractual desde la sesión inaugural.
- Aceptas que en cada mesa se sienta una sola persona por empresa.
No es para hacer contactos, ni para escuchar conferencias, ni para que te den la razón.
No lo compares con un curso. Compáralo con el coste de decidir solo.
Dieciocho sesiones al año para pensar mejor las decisiones que más importan. La comparación no es con una conferencia ni con una plataforma de contenidos. Es con esto:
al año, + IVA. Más 490 € + IVA de entrada el primer año, que cubren la selección y la incorporación a tu mesa.
- Dieciocho sesiones al año en tu mesa
- Anfitrión formado en el método
- Confidencialidad contractual
- Tu bitácora y el distintivo anual
- El Programa 101, sin coste
- Todo lo que ya trae el Club
Una incorporación equivocada
El coste directo, el tiempo del equipo alrededor y los meses que tardas en reconocer que no era.
Un conflicto sin resolver durante meses
Nadie lo nombra en el comité y todo el mundo aprende a trabajar rodeándolo.
Una decisión aplazada un año
El año que pierde la empresa mientras tú le sigues dando vueltas a solas.
Descubrir tarde lo que alguien podía haberte enseñado
Alguien de tu mesa ya pasó por ahí. La diferencia está en si te lo cuenta antes o después.
A veces una sola conversación cambia el resultado de un año entero.
Y si después quieres ir más lejos: la cuota del año en curso se descuenta de la matrícula del MBA INUSUAL. Lo que inviertes en la mesa no se pierde, se traslada.
Lo que se pregunta quien está a punto de decir que sí.
Sí, si diriges a alguien y respondes de lo que decides. La Mesa no filtra por altura en el organigrama, filtra por peso de decisión: qué tienes entre manos y cuánto margen tienes para moverlo. De hecho, quien dirige un área suele tener menos permiso que un director general para decir «no lo sé» en voz alta, y por eso le hace todavía más falta un sitio donde poder decirlo.
Depende de lo que valga tu próxima decisión difícil. Una contratación equivocada, una salida mal gestionada o un año perdido en una estrategia que no era cuestan mucho más que esto. Y el precio no compra contenido: compra que entre siete y once personas reserven hora y media dos veces al mes contando con que vas a estar.
Son noventa minutos cada quince días, con las fechas publicadas con un año de antelación para que las bloquees de una vez. La pregunta honesta no es si tienes tiempo, sino cuánto tiempo te está costando ya decidir solo y equivocarte a solas.
Porque en dos sesiones dejan de serlo, y porque no dependen de ti: nadie de la mesa te reporta, te factura ni aspira a tu puesto. Hay confidencialidad contractual desde el primer día y el acta no sale de la sala, ni siquiera anonimizada.
Con entre siete y once personas que dirigen y deciden con un peso parecido al tuyo, de sectores distintos. La composición no la marca el cargo —el mismo título no significa lo mismo en una empresa de veinte que en una de dos mil—, la marca la conversación de admisión. Lo que sí está garantizado es que en tu mesa no habrá nadie de tu empresa ni un competidor directo, y que la homogeneidad de sector no existe: es justo lo que hace que alguien vea lo que tú ya no ves.
La primera sesión se nota rápido. Si al terminarla ves que no es para ti, lo dices y se acabó: preferimos una mesa de ocho comprometidos que una de doce con dos que no querían estar. Y si el problema aparece a mitad de año, se habla con el anfitrión, que para eso está.
Con tu bitácora: qué reto trajiste, qué decidiste y qué pasó después. No contiene nada de nadie más y es exactamente lo que suele pedirse para justificar la inversión. Y con el distintivo anual, que acredita práctica sostenida.
En que aquí no vienes a saber más: vienes a decidir mejor. No hay temario ni profesor delante. Hay una mesa de entre ocho y doce directivos, tus casos reales sobre la mesa y un compromiso que ejecutas entre sesión y sesión.
Un grupo de mentoring gira alrededor de quien sabe; una red de contactos, alrededor de quien vende. Aquí nadie de la mesa depende de ti ni te factura: por eso te dicen lo que ven, no lo que quieres oír.
No. Las mesas van todo el año y se entra cuando hay hueco: si una mesa tiene menos de doce personas y la mayoría aprueba tu incorporación, empiezas en la sesión siguiente. Sólo diciembre, abril y agosto están en pausa.
Se avisa y se recupera con el anfitrión, pero conviene ser honesto: el valor está en la continuidad. Si no puedes sostener dieciocho sesiones en el año, quizá este no sea tu momento.
Un anfitrión o anfitriona formado en el método, con experiencia directiva propia. No es un moderador: es quien sostiene la regla, protege la confidencialidad y hace que nadie salga sin compromiso.
Se renueva o no. Quien no renueva no pierde el acceso a nada del Club: pierde la mesa y el distintivo del año, que caduca a propósito porque acredita que practicas ahora.
Entrada abierta todo el año
¿Qué decisión no deberías
seguir tomando a solas?
Tráela a la Mesa. No necesitas tenerlo todo claro para solicitar una silla: precisamente para eso existe. La conversación previa son treinta o cuarenta minutos para ver qué traes, qué margen tienes y si este es tu momento. De ahí sale un sí, un no o un «vuelve el año que viene».
