Ideas · Liderar personas10 de septiembre de 2026

Camp David: trece días mediando sin decirle a nadie quién tenía razón

Carter dejó de sentarlos juntos al tercer día, cruzó el bosque durante diez y escribió veintitrés borradores sin imponer ninguno. La diferencia entre mediar y arbitrar, y por qué se nota meses después.

Camp David: trece días mediando sin decirle a nadie quién tenía razón

En septiembre de 1978, Jimmy Carter reunió en Camp David a Anwar el Sadat y Menájem Beguín, dos líderes con tres guerras de distancia entre sus países. Al tercer día dejó de sentarlos juntos: las reuniones conjuntas empeoraban el asunto. Durante los diez días siguientes caminó entre las dos cabañas, escribió veintitrés borradores del acuerdo y no impuso ni uno. Firmaron un marco de paz que sigue en pie. Mediar no es decidir por las partes: es sostener el proceso hasta que decidan ellas.

La imagen que ha quedado de Camp David es la de la firma, con los tres de pie. La parte útil ocurrió antes, y consiste sobre todo en cosas que Carter no hizo.

No dijo quién tenía razón, y tenía autoridad de sobra para decirlo. No forzó reuniones conjuntas cuando comprobó que empeoraban las cosas. Y no compró la permanencia de nadie con una concesión que la otra parte no hubiera aceptado todavía.

El primer movimiento: dejar de juntarlos

Los primeros días, cada reunión conjunta terminaba peor que la anterior. Al tercero, Sadat y Beguín discutieron con tanta dureza que Carter decidió no volver a sentarlos en la misma sala.

Va contra el instinto de cualquiera que dirige. Cuando dos personas de tu equipo no se entienden, la reacción natural es meterlas en un despacho a que lo hablen. A veces funciona. Cuando la relación ya está deteriorada, lo único que se consigue es darles un escenario donde repetir sus posiciones delante de público, y salir de ahí con una versión más endurecida de cada una.

Carter cambió el formato antes que el contenido: se reunía con Sadat por la mañana, cruzaba el bosque hasta la cabaña de Beguín por la tarde, escuchaba qué estaba dispuesto a ceder cada uno y volvía a cruzar. Nunca decidió por ninguno qué debía aceptar.

Veintitrés borradores y ninguno impuesto

El dato que más dice del método es ése: veintitrés versiones del acuerdo. Cada una recogía objeciones concretas de una parte o de la otra y volvía a circular hasta que ambos encontraron algo que sí podían firmar.

Es lento y es poco lucido. Un texto que va y viene veintitrés veces no parece liderazgo decidido: parece falta de carácter. Y sin embargo es lo que hace que un acuerdo se sostenga después, cuando nadie vigila. Lo que decide un árbitro dura lo que dura la vigilancia del árbitro.

Un mediador que da veredictos deja de ser mediador y pasa a ser árbitro. La diferencia se nota meses después, cuando ya no está delante.

Al noveno día, Sadat pidió sus maletas: consideraba que Israel no cedía lo suficiente sobre el Sinaí. Carter no le retuvo prometiéndole nada que Beguín no hubiera aceptado. Le pidió que confiara en el proceso un día más, y siguió caminando entre las cabañas. Ésa es la prueba de fuego de cualquiera que media: el momento en que comprar la permanencia de una parte con una promesa que no puede cumplir es lo más fácil del mundo.

Cómo se traduce esto a un comité

Tres cosas, y ninguna requiere autoridad formal sobre las partes.

Separar cuando juntar empeora. La reunión conjunta no es el método: es una herramienta que sirve cuando ambas partes pueden escuchar, y no antes. Escribir la propuesta en vez de discutirla: un texto que circula obliga a concretar objeciones —«esta frase no»— en lugar de repetir posiciones. Y no comprar acuerdos con promesas propias: si el mediador empieza a poner de su bolsillo, el acuerdo se sostiene sobre él y no entre los que tienen que convivir después.

Es exactamente lo contrario del reflejo habitual, que es zanjar el conflicto para que la reunión avance. Zanjar es rápido y dura poco.

Qué desaprender de aquí

Que mediar es decidir por los demás. Carter tenía poder para imponer un acuerdo y no lo usó ni una vez en trece días. Sostener el proceso hasta que las partes decidan es un trabajo distinto —y más lento— que decidir por ellas.

Que juntar a las partes siempre ayuda. Ayuda cuando pueden escucharse. Cuando no, el encuentro conjunto sólo endurece posiciones delante de testigos.

Que un acuerdo cede a la primera versión. Ninguno de los dos obtuvo lo que pidió el primer día, y ninguno sintió que se lo hubieran impuesto. Eso no salió del talento negociador de nadie: salió de veintitrés borradores.

Preguntas frecuentes

¿Qué pasó en los acuerdos de Camp David de 1978?

Jimmy Carter reunió durante trece días a Anwar el Sadat, presidente de Egipto, y Menájem Beguín, primer ministro de Israel. Tras comprobar que las reuniones conjuntas empeoraban la negociación, medió por separado con cada uno y redactó veintitrés borradores del acuerdo hasta que ambos encontraron un texto que podían firmar. El marco de paz resultante se mantiene desde entonces.

¿Por qué Carter dejó de reunir a Sadat y Beguín juntos?

Porque cada reunión conjunta terminaba peor que la anterior. Al tercer día discutieron con tanta dureza que decidió no volver a sentarlos en la misma sala y pasó a hablar con cada uno por separado, cruzando el bosque entre las dos cabañas para trasladar lo que cada parte estaba dispuesta a ceder.

¿Cuál es la diferencia entre mediar y arbitrar?

El árbitro decide quién tiene razón; el mediador sostiene el proceso hasta que las partes deciden. Lo que impone un árbitro se cumple mientras hay vigilancia; lo que acuerdan las partes se sostiene después, porque cada cesión ha sido negociada por quien tiene que convivir con ella.

¿Qué hacer cuando una de las partes amenaza con levantarse de la mesa?

No comprar su permanencia con promesas que la otra parte no ha aceptado. Cuando Sadat pidió sus maletas al noveno día, Carter no le ofreció ninguna concesión de Beguín que aún no existiera: le pidió un día más de confianza en el proceso. Un acuerdo sostenido por promesas del mediador se cae en cuanto el mediador se aparta.